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» Texto: M.B. / Santiago - A Coruña
Foto: Cracker, una banda en directo que, cuando quiere, vuela muy alto
30 de Enero 2009, sala Capitol [Santiago, A Coruña]
Cracker, grupo de rock de raiz norteamericana, merece mayor fama, algo que no lograrán. David Lowery y Johnny Haickman lideran un proyecto que acumula un montón de canciones buenas tras casi veinte años de carrera y... si a su directo de sonido inmaculado, quitasen algún guiño country, ganarían público aquí pero dejarían de ser Cracker.
La banda de David Lowery y Johnny Hickman, gira por aquí para presentar Sunrise In The Land Of The Milk And Honey, su noveno disco de estudio. Salieron tras un telonero peculiar, el grupo valenciano Euro Trash Girl, a quien no llegamos a tiempo de ver y cuyo nombre es un guiño al título de uno de los temas de la banda norteamericana, cuyo vocalista [Lowery; también líder de Camper Van Beethoven] ayudó a los despistados... luciendo una camisa a cuadros que junto a la gorra de gasolinera del batería dejaba claro que era noche de rock de raiz americana.
Cracker es un combo que en Estados Unidos puede tocar en un palco ante cien personas durante la fiesta del tractor de un
pueblo de Virginia pero que aquí reúne más público en salas que allí rara vez pisan. Su concierto se abrió a eso de las 22.50
h. con la armónica que pone en marcha "Happy birthday to me", un tempo medio de alegría algo melancólica. Ese primer paso de
veinte minutos repartidos en cuatro temas, mostró a la banda sonando fuerte, a ratos con una guitarra casi de hard rock,
trallazos que acabaron con un respiro cuando el vocalista [y eficaz guitarra ritmica] dijo buenas noches y agradeció la
asistencia.
Luego bajaron el pistón. Llegaron canciones como "The man in me", corte de regusto más country cercano a ese estilo de pasajes
tranquilos con coros dulces que también abunda en la discografía de este cuarteto yanki. Esa fue una
de las dos o tres canciones que cantó Hickman [el barbado guitarra solista], esa y "Lonesome Johnny Blues" [country feliz de
alocado grito cervecero] más alguna otra que no reconocimos, donde se defendió bien igual que cuando empuñó la armónica...
Bastó esa media hora para comprobar que la banda venía con el directo muy engrasado. Dejaron claro que la sección rítmica
podría sonar de diez hasta metida bajo el agua con venda en los ojos. El bajista, vestido de negro con un chaleco de cuero
propio de un miembro de Los Satélites [u otra banda del circuito de verbenas], tocaba sin despeinar su largo pelo lacado.
Mientras, el batería tocaba bajo dos micrófonos [al estilo jazz], más uno móvil con el que puso dos o tres veces ajustados coros bien afinados, y todo con la naturalidad de quien respira, sonando fuerte sin abrumar en los temas más cañeros y suave pero con temple en los pasajes más relajados, un lujo. "Darling We're Out Of Time", una balada que abre la guitarra de Johnny [así le llamaba de forma repetida David, el vocalista], fue de esos momentos que los fans del country, varios y muy activos en la sala, agradece, pero que a nivel general suponían cierto bajón tras ver cómo sonaron algunos temazos de la primera parte del show, como si la elección del tracklist delatase irregularidad, quizá la misma que retrata a este grupo creado en los primeros 90 y que ya tocó en la sala Capitol hace cinco o seis años [show que no vi, aunque quienes lo hicieron hablan bien de aquello].
Cuando sonó "Turn on turn in drop out with me", corte del nuevo disco, la banda se puso dulce pero con un clima próximo al pop, interpretando un single puro que pide mucho esfuerzo vocal a Lowery, cuyo rostro pelirrojo y barbado parecía el de un Papa Noel a punto de estallar, pero casi siempre clavando la estrofa, sólo que arrastrando cierta carraspera, leve tono grave que le da al directo el alma que nunca enseña un cd. "Mr. Wrong", fue otro de esos temas de country rock que no nos convence a quienes vemos ese género desde la distancia, alejados de esa estética de Honky Tonk de carretera y domingos donde la tía Mildred prepara su tarta de arándanos mientras los chicos toman cervezas en un bar con paredes llenas de cuernos y placas de gasolinera. Cuando encadenaron dos temas seguidos de ese estilo, me iba de la sala aunque luego resoplaba al llegar su otra cara. Así, por ejemplo, con "Sunrise in the Land of Milk and Honey", te reconcilias. Esa canción genial que da título a su nuevo disco, viste una rítmica dura y unas guitarras crudas, menos ñoñas que en las de palo country, mostrando a unos Cracker más directos, que cuando suenan así se convierten en un grupo grande.
"Everybody Gets One For Faree", supuso otro subidón, y eso que no es de sus cortes cañeros pero maneja varios tiempos, yéndose
a los siete u ocho minutos, con Lowery gustándose en la voz, jugando con el estribillo e incluyendo un break cerca del final
para enredar luego el estribillo con la frase del título. Los aplausos sonoros delataron la sensación general de que la
banda, cuando quiere, vuela muy alto. "I see the light", también se situó entre lo mejorcito de la noche; tiene un punto medio entre el rock más cobrizo y el que
sabe a la norteamérica profunda...
Retomando la cronología, "Low", otro hit, otro trallazo, supuso el cierre a cien minutos de actuación antes de ir a los
camerinos con un "thank you so much..." y un... "you are very good gente", donde Lowery sonaba sincero mientras agarraba sus
gafas del Ipop situado en medio del escenario, del que rescató algunas cuerdas para abrir y cerrar una canción evocadora,
como lo fue también la tanda de dos cortes que contaron con apoyo de Monica, teclista del grupo telonero, colaboración algo
irregular pero que dice mucho de los Cracker como respetuosos hacia sus compañeros de viaje.
"Lonesome Johnny Blues", un corte de palo folk que cantó Johnny fue de lo más suave de la noche, y "Euro trash girl" de lo más
festivo. Y en los bises abrieron con tralla, con un corte que no recuerdo, que ya no sé si fue el citado "Euro trash girl" u
otro pero si sé que tras esos diez minutos de inicio del bis, nos quedamos todos con la boca abierta, de modo que si se
hubieran marchado nadie hubiera protestado. Sumaron tres cortes más: dos de tempo medio y un cierre cañero para sellar unas
dos horas y diez minutos de actuación.
Insisto, si al repertorio de Cracker le quitásemos esos cuatro o cinco momentazos de folk americano algo anodino, sería un
grupazo de rock irreprochable pero quizá esa sea su seña de identidad.
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